Hacia un nuevo paradigma: La recurrente propuesta de Martínez

El Dr. Miguel Martínez Miguélez, catedrático de la Universidad Simón Bolívar, ha hecho importantes aportes a la difusión de los enfoques alternativos de investigación en ciencias sociales (alternativos al neopositivismo, por supuesto). Me atrevería a decir que Martínez es, en buena medida, responsable del conocimiento creciente que existe en algunos ámbitos académicos de postgrado en Venezuela y también en otras latitudes de la América hispana, por ser sus obras de consulta obligada.

A mi humilde entender, las obras de Martínez Miguélez tienen la fortaleza de ser mucho más que simples manuales de metodología. De hecho, la debilidad de sus obras sobre la así llamada “investigación cualitativa” estriba, precisamente, en el tratamiento metodológico, por dos razones: la tendencia al “esquematismo” en sus orientaciones sobre la realización de las investigaciones simbólico-vivenciales y el uso indiscriminado de terminología técnica más asociada al positivismo y a la estadística (las nociones de muestra, muestreo, validez…), que introducen mucha confusión, en especial en los investigadores noveles. Pero la gran fortaleza de la obra de Martínez está en la manera amena en que nos trata de explicar las diferencias epistemológicas y gnoseológicas entre las dos grandes vertientes; es decir, la positivista y la postpositivista, esta última con sus  opciones metodológicas interpretativas y críticas.

En el artículo de nos ocupa, se pone de manifiesto esta fortaleza “didáctica” de Martínez, al trazarnos la necesidad del cambio de perspectiva epistemológica partiendo del obvio agotamiento del modelo mecanicista, determinista y reduccionista fundado en la lógica formal, que cumplió una función heurística importante en épocas pasadas, pero que ahora resulta insuficiente a la época en gestación, signada por la complejidad y la incertidumbre.

En torno a estas ideas, tenemos el derecho de tener nuestras reservas, especialmente por el hecho de que existe un aparente abuso terminológico entre los entusiastas de la complejidad y de la postmodernidad, quienes terminan por postular la imposibilidad de conocer, el relativismo absoluto en materia de construcción de conocimientos y la incapacidad del hombre de aprehender verdaderamente la realidad que le circunda, asertos que implican una negación de la ciencia. No obstante, resulta innegable que la época actual, signada por la sociedad del conocimiento, con un avance tecnológico inusitado en divulgación y acceso de información, con un mundo sin fronteras, con organizaciones cada día más complejas y competitivas, con la dilución de las tradicionales coordenadas de masa, espacio y tiempo, con un ser cada vez más participativo, dialógico y deliberante; en una época como ésta, repito, el modelo cartesiano de hacer ciencia nos resulta demasiado limitado.

Se impone entonces asumir la complejidad como una condición innata de la realidad, en especial la social, y empezar a impulsar el “doloroso parto de una nueva era” (Havel), mostrándonos sensibles a los “signos de los nuevos tiempos”, los signos de una nueva realidad. Pero, en la medida que asumimos la existencia de una realidad distinta, debemos construir una forma distinta de asumir la ciencia, para poder conocer en verdad esa nueva realidad, porque “a tal realidad, tal método”. En esta construcción de una nueva forma de conocer se ancla el pensamiento de Martínez, quien propone un paradigma emergente, que nos permita superar el realismo ingenuo y adoptar una lógica de la “coherencia integral” con características sistémicas y ecológicas, para propiciar una ciencia interdisciplinaria y transdisciplinaria.

Desde mi óptica, estas ideas de Martínez resultan sumamente interesantes, ya que superan la tradicional discusión sobre la falsa dicotomía “cualitativo-cuantitativo”, que comprime el debate a lo meramente metodológico, resumiendo la discusión a las distinciones entre la deducción y la inducción, como modalidades de inferencia propias de las tendencias metodológicas cuantitativa y cualitativa, respectivamente. En efecto, al propugnar la adopción de una lógica compleja más acorde a una realidad multifactorial, Martínez eleva el debate a los niveles epistemológicos requeridos, y asume una forma dialéctica de relacionarse el todo con las partes y viceversa, con base en el modelo heurístico del círculo hermenéutico.

Por mi parte, en cuanto a esta ancestral discusión sobre  las modalidades de inferencia, y en consonancia con las ideas de Martínez, propongo discernir sobre una “tercera vía”: la abducción inferencial propuesta por Charles Pierce, quien asumió  el conocimiento como falible por naturaleza, pero auto-correctivo mediante la búsqueda continua. La abducción es la búsqueda de un patrón de regularidades en el fenómeno estudiado, para luego poder sugerir una hipótesis, que siempre será provisional (Peirce, 1878). Se trata de un tipo de pensamiento crítico y no de una lógica simbólica que bien podría verse como la lógica del análisis exploratorio de los datos cualitativos, en estudios de corte hermenéutico, como  la etnografía. ¿No les parece interesante?

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“LA ÉTICA IMPORTA” (Bernardo Kliksberg)

Tomo prestada esta sentencia de Bernardo Kliksberg (2003), con la cual titula un memorable artículo cuya lectura recomiendo ampliamente (disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=29002409 ), para mi breve comentario sobre la lectura “Ética de la Ciencia” (Martin, 2008), ya que soy un convencido de que ningún ejercicio profesional (en especial el de la docencia), ningún ejercicio de gobierno, ninguna actividad humana será de provecho verdadero para la humanidad (o, al menos resultará inocuo para ésta), si no se produce dentro de un marco ético.  En definitiva, a pesar del relativismo con que la postmodernidad aborda la concepción del hombre como ser social, según el cual  la verdad, lo bueno y lo malo, e inclusive la justicia son todas relativas, existe un reclamo constante de las sociedades por más y más ética, porque el “vacío ético” que denuncia Kliksberg amenaza con destruir las bases morales que sostienen a la humanidad.

Pero, si en algún sector son válidas las consideraciones sobre la importancia de la ética, es en el de la ciencia y la tecnología. En efecto, en la sociedad del conocimiento, signada por el nuevo paradigma científico-técnico, impactan de manera cada vez mayor el accionar del hombre y de la sociedad las maneras de construir conocimientos y la forma como se arma el entramado axiológico en las diversas culturas. Pero no es nada nuevo. Es claro que la importancia de la ética en investigación científica y de la aplicación práctica de los productos de ésta siempre ha preocupado al hombre: Desde la muy común “invención” de resultados para aprobar un trabajo de grado, hasta la aniquilación masiva de seres humanos (como en Hiroshima y Nagasaki), pasando por manipular u ocultar resultados para no perjudicar las ventas de un producto nocivo para la salud o para apuntalar con bases falsas la acción de un gobierno; la “laxitud axiológica” en el acto de hacer y aplicar la ciencia siempre ha hecho dudar al hombre sobre los verdaderos beneficios sociales que se pueden esperar del trabajo de los investigadores y centros de investigación.

En este sentido, mi humilde aporte surge, como es de colegir, desde mi condición de docente: en primer lugar, parto del convencimiento de que la investigación, como actividad, es “enseñable”, en lo cual coincido con el Dr. Padrón. Esto tiene otras implicaciones: se puede aprender a investigar, lo que a su vez implica que no es una actividad hiper-especializada, reservada a unos cuantos “genios”; es decir, cualquier persona puede adquirir competencias investigativas; aserto éste último que nos conduce, a su vez, a un desiderátum: la investigación debe ser desmitificada.

En segundo lugar ubico el “qué se debe enseñar” sobre investigación científica. Indudablemente, la realidad nos indica que la práctica de la enseñanza de la investigación se ha afincado en aspectos técnico-instrumentales, ya que sólo se pretende enseñar “metodología”, descuidando el necesario discernimiento del futuro investigador en torno a los aspectos epistemológicos y ontológico del “hacer ciencia”, única vía que garantiza la reflexión sobre los componentes éticos de la práctica investigativa. Esto deriva del hecho de que, en los ámbitos académicos, se considere la investigación científica como la aplicación de un “procedimiento metodológico” (por lo general invariante), que es lo que a la postre se evalúa,  sin tomar en cuenta que el acto de investigar es mucho más una actitud y (aunque suene “cursi”) un compromiso con la trascendencia del hombre y la redención de la sociedad.

 Idealmente, en la cátedras de pregrado y postgrado mediante las cuales se aspira a enseñar a investigar (Padrón dice que debe ser desde la educación inicial), debe garantizársele es espacio significativo a la discusión sobre las implicaciones éticas y morales del “hacer ciencia”, para una verdadera formación integral de un investigador, especialmente en el campo de las ciencias humanas.

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Pensando en lo “por-pensar” sobre lo que significa “pensar”

Heiddeger, con una fraseología muy particular, ubica en el hombre, ser racional, la capacidad de pensar. No obstante, su noción no se queda en la simple consideración de esta “capacidad”, término que en su acepción de “facultad”, implica algo que “puede ser”; posibilidad sujeta a la voluntad, ya que, tal como se desprende de la lectura, el pensar pasa por ser un acto volitivo; entonces, el ser seres racionales no garantiza el pensar. Esta confluencia de capacidad con voluntad depende de considerar aquello “que-hay-que-tomar-en-consideración”, lo que nos hace capaces de pensar, porque todo lo digno de tomar en consideración “da que pensar”, y da pie a lo preocupante. Al ubicarme ante estas ideas heiddergerianas, me resulta imposible no recordar los famosos diálogos imaginarios de Platón, en especial en aquel fragmento que resume su tesis sobre la reminiscencia (“conocer es recordar):

-“¿ Y cómo buscarás, ¡oh Sócrates!, lo que tú ignoras totalmente; y de las cosas que ignoras, cuál te propondrás investigar; y si por ventura llegaras a encontrarla, cómo advertirás que esa es la que buscas?”

-Entiendo qué quieres decir, Menón……. Quieres decir que nadie puede indagar lo que sabe ni lo que no sabe; porque nadie investigaría lo que sabe, pues lo sabe; ni lo que no sabe, pues ni tan siquiera sabría lo que debe investigar”.

Para llegar a “pensar” hay que considerar lo-que-se-debe-tomar-en-consideración; es decir, lo que da que pensar y genera preocupación, lo que nos coloca a un paso del pensar verdadero.

Por otro lado, para Heidegger pensar no tiene que ver con la ciencia (“la ciencia no piensa”); no tiene relación con las causas y los efectos, con la descripción de los sujetos y objetos, en cuanto entes, sino que supone un cierto vaivén que se esfuerza en captar el ser, en una difícil pero agradable tarea, ya que el ser se da ocultándose: “lo por-pensar le da la espalda al hombre.”

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